¿Has tenido algún día tan pesado en el trabajo que ya ni siquiera quieres saber nada ni de nadie? De esos días en los que solo quieres estar solo. Así, de fácil.
Ya dentro, miré alrededor y, como siempre, el lugar estaba bastante concurrido. No dudé ni un segundo y me dirigí directo a un banco en la barra: el único asiento disponible. Me senté, saludé a Julio, el barman, y le pedí una cerveza. Era lo único que deseaba en ese momento.
Le di un sorbo, respiré profundo y seguía pensando en pendientes del trabajo. Ya estaba por encender un cigarro cuando un sonido llamó mi atención. Sí… alguien junto a mí estaba llorando.
Giré la mirada y la vi. Era una mujer trans —o como se decía entonces, una “vestida”. Respiré hondo y pensé: bueno, chikys, hay que apoyarnos. Solté un suspiro, la miré a los ojos y le pregunté:
—¿Estás bien? ¿Te puedo ayudar en algo o solo necesitas tu espacio?
Y sin más, con lágrimas en los ojos, me respondió:
—Es que fui violada.
Mi respuesta fue inmediata:
—Cuánto lo siento, de verdad. ¿Cuándo sucedió?
La miré. Luego giré hacia Julio y le pedí una de las muñecas de la decoración: esas de cartón, pintadas a mano, que ahora son consideradas artesanías mexicanas. Cuando la tuve en mis manos, se la mostré a mi nueva amiga —pongámosle así— y le dije:
—¿Dónde te tocó el hombre malo? ¿Dónde te tocó?
Las risas no se hicieron esperar. Toda la barra estalló. Ella me miró, me insultó (sí, me lo merecía) y, de pronto… empezó a reír también.
La tomé del hombro, la miré y la invité a observar a todos los que estaban a nuestro alrededor, ahí, en ese bar, en ese momento.
—¿Qué ves? —le pregunté.
—Es un bar gay —respondió.
—¿Y a qué te refieres? —me dijo.
—A que el 80 % de los que estamos aquí hemos sido tocados… y más allá.
No crees que este no sea el lugar para venir a causar lástima, y menos entre nosotros —discúlpame—, pero los que deberían estar arrepentidos, llorando y lamentándose son ellos, no nosotros. Hay que tener dignidad. No causar más heridas.
Duraron dos años: diario, todos los días, no me soltaban. Y así, sin más, me botaron cuando cumplí cinco años.
.Y tardé en comprender su respuesta. No fue inmediato, pero después de un rato lo supe.Al “ponerme yo solo” cuando ingresaban a mi cuarto, les quité su fantasía erótica, su fetiche. Porque eso era, al final, lo que realmente los excitaba. el tener sometido y aterrorizado, Y cuando ya no les tenía miedo, su emoción se desvaneció.
Todo su poder, su fantasía, su placer… se terminó por mí.
¿TIENE SENTIDO?
ATTE: LA MITCHELL
CASA DE LAS MUÑECAS CDMEX.
CASA HOGAR PAOLA BUENROSTRO.


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