Te voy a contar, relatar, platicar, chikys…
un momento muy difícil para mí, tan difícil que a veces ni siquiera quiero recordarlo pero no puedo evitarlo.
La verdad…
es el ver y no ver.
El quedarte callado por temor a alguna represalia en mi contra.
El pensar que “no pasa nada”, hacerme de la vista gorda, nuevamente por miedo, por ese temor constante de que me lastimen aún más.
¿Sabes lo que es cargar con un remordimiento tan grande que no se olvida jamás?
Al menos puedo decir que le di momentos de calidad, aun sin ser parte de su familia.
Le ofrecí cariño, aprecio, respeto y comprensión… así como yo también necesitaba lo mismo.
Ahí, chikys, cuando la abrazaba, ella también me abrazaba a mí.
Decirle que no estaba sola, que yo no era nadie importante, pero que quería que supiera que ya le había tomado mucho cariño y aprecio.
Te explico, va, chikys…
Declaro que ahí sufrí abuso psicológico y físico hacia mi persona, de manera exclusiva.
Los otros cuatro años fueron solo traslados constantes. así fue chukys.
La verdad, estoy cansado de exponer esta vivencia, esta historia. Siento que no la entenderías, que no la comprenderías; es más, que no creerías la magnitud de tanta crueldad ejercida contra mí.
Pero hay algo de lo que no me voy a callar.
¿Cómo es posible que personas como la directora de este centro terapéutico —este anexo— sigan en libertad, después de todo lo que han hecho?
Y en este momento ya no te hablo de mí.
Te hablo de una mujer de la tercera edad, de aproximadamente 80 años, cuyo único sustento era su pensión.
Ese también era el motivo de su encierro en ese anexo.
Sandra Rocío Geta, directora y propietaria del lugar, decía que la había rescatado de la calle. Pero la tenía en contra de su voluntad, sobre medicada con
clonazepam, tratada más como bestia que como ser humano, como indigente.
Dentro del anexo todos la llamaban la abuela.
Ya presentaba
demencia por la cantidad de clonazepam que le administraban. Además, necesitaba usar pañal para adulto, pero nunca recibió uno.
Las únicas veces que la directora la sacaba, una vez al mes, era únicamente para cobrar su pensión. Al regresar, la ignoraba durante todo el mes. Y lo único constante hacia ella era el maltrato, incluso por el simple hecho de que oliera mal.
Aclaro algo: cuando la directora Sandra me necesitaba para bañarla, limpiarla o alimentarla con su llamado “caldo de pantano” —la comida del anexo— me desamarraba, me quitaba las esposas. Para ella, eso era el trabajo que yo merecía: limpiar la mierda de alguien más.
Cuando terminaba, volvía a amarrarme a un poste.
Por las noches no tenía derecho a una cama. Me tiraban en el suelo, sobre un plástico.
A la abuela, por el hecho de que se orinaba, también la dejaban dormir ahí, junto a mí.
Esto era en la zona de Guadalajara, rumbo a la carretera a Chapala. Ahí hace bastante frío. Un lugar deprimente, tipo bodega.
Una tarde-noche, Sandra me tenía castigado, parado en el baño, sosteniendo dos bloques.
En ese momento entró ella con la abuela. Al mirar de reojo giré el rostro, con una preocupación que me apretaba el pecho la neta. Te confieso que le tenía un miedo profundo, por todo lo que ella y su gente hacían para aterrorizarme.
Intenté no ver. De verdad lo intenté.
Pero no pude evitarlo.
Me ordenó ayudar a la abuela a desvestirse.
ya ella desnuda Me regresó contra la pared.
En un momento giré la mirada… y la vi: estaba colocándole pastillas de clonazepam en su parte íntima.
No supe qué hacer.
No podía hacer nada.
La absorción por las mucosas vaginal y rectal permite que las sustancias entren de forma rápida y directa al torrente sanguíneo, similar a una inyección, ya que evitan el primer paso por el hígado que ocurre cuando se ingieren por vía oral.
Esto aumenta de manera considerable el riesgo de una sobredosis accidental: los efectos son intensos, inmediatos y casi imposibles de controlar y detectar.
Las consecuencias son graves y conllevan riesgos significativos para la salud física y mental, incluyendo sobredosis, infecciones y daños severos en los tejidos.
Cuando me mandaron a dormir junto a la abuela en el suelo, no me percaté de nada en lo absoluto. Estaba demasiado cansado. Simplemente me quedé dormido a su lado.
En la madrugada el frío aumentó tanto que desperté. Intenté acurrucarme junto a ella para protegernos del frío… y la sentí demasiado fría.
Reaccioné de inmediato. La giré hacia mí. Le tomé los signos.
Ya no tenía ninguno.
Reporté esto de inmediato. Llamaron a la directora, Sandra Rocío Geta. Llegó en menos de 15 minutos, lo cual me llamó profundamente la atención, ya que siempre decía que de su casa al anexo tardaba más de dos horas y media.
En cuanto llegó, levantó a la gente de cocina para prender el fogón —ahí se cocina con leña— y calentar agua.
Me ordenó bañarla. Me trajo ropa nueva. La cambié. La maquillé.
En ese momento entró un vehículo. Al darme cuenta, era un taxi.
Sandra me empujó para que lo hiciera más rápido. Me obligó a cargarla y subirla al taxi. Le tomó la mano, le dio un beso y dijo, frente al taxista:
—Te pondrás bien, abuelita.
Luego se giró y le dijo al conductor:
—A la Cruz Verde, por favor. Rápido.
El conductor, al ver la situación, no dudó y arrancó. Se fue solo con la abuela en el taxi, sin percatarse de que ella ya iba sin vida.
La realidad es que la abuela había tenido problemas con su pensión, y a Sandra ya no le convenía tenerla ahí.
En mi caso, me duele profundamente.
Ella no merecía un trato así.
No te hablo por todo lo que me hizo a mí, sino por lo que le hizo a la abuela y a otra señora que se quedó ahí.
Yo sobreviví.
Y ese maltrato, aunque parezca increíble, fue solo para mí.
nadie tiene el derecho de tocarte sobajarte o hacerte sentir menos vales mucho.
ATTE: LA MITCHELL
CASA DE LAS MUÑECAS CDMEX.
CASA HOGAR PAOLA BUENROSTRO.
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