No cabe duda de que cuando el tiempo, la distancia y la incertidumbre entran por la puerta, la tolerancia, la fe y la esperanza salen por la ventana.
El buscar y no encontrar, el perder toda esperanza de salir de esta situación, el intentar, tratar, buscar y resolver sin resultados favorables, me ha puesto a pensar si en realidad alguna vez tuve un amigo de verdad… porque ya empecé a dudar.
Esta soledad ya no la aguanto más.
En estas semanas que han transcurrido, solo una salida es la que quiero: ya no más problemas ni dificultades con ninguna usuaria más.
Trabajar es lo único en lo que puedo pensar. Así, nada más.
Te seré sincero: ya estaba a punto de tirar la toalla y salir a buscar sin rumbo, así nada más. Tomar un autobús con destino no definido, fuera de la ciudad, pensando que ya no lo podría solucionar, considerándome un fracasado… nada más.
¿Qué más puedo pensar si ya no tengo a nadie?
He buscado a varias personas que estimo y quiero mucho, amigos que ya no encontré o que simplemente ya no me quieren ver. No sé.
Te cuento: ya tenía tiempo buscando a una persona que estimo y aprecio mucho. De igual forma, no tenía ni quería molestarlo. Pena sí, pero traté y traté de comunicarme con él y no lo encontré, pensando que tal vez ya no lo volvería a ver. Y claro, yo mismo pensaba: su obligación no es ayudarme.
Así que ese día había decidido no volverlo a intentar, ni a molestar. En verdad, ya era un hecho.
Y sin más, hoy, después del desayuno, entró una persona de la estructura de Casa de las Muñecas a quien estimo de verdad, a tal grado que mi respeto y gratitud hacia ella son enormes. Así, sin más, la llamo por su nombre: jefa, Magda.
Pensé que me iba a llamar la atención y, sin más, me dice:
—Mitchell, te vienen a buscar.
¡Ahí, wey… ¿a mí?!
Me levanté del sofá en pijama, giré el rostro y vi entrar a tres personas. Me llamó la atención… ¿de qué se podría tratar? Me saludaron y, la verdad, me asusté. No comprendía.
—¿A mí? ¿Quién?
La verdad, ya tenía mucho tiempo sin que alguien viniera a verme, a buscarme, en este año que salí.
Cuando estas tres fabulosas e increíbles personas me saludaron, me comentaron:
—Ya viene Juan Manuel.
Perdón, todavía no comprendía.
Nuevamente giré el rostro y entró mi amigo, a quien tenía años, décadas, de no ver. No lo creía. Me dio una esperanza: aún tengo amigos. No dudé, lo abracé, lo miré… no lo podía creer.
Nos sentamos y empezamos a platicar. Me comentó cuántos años llevábamos de amistad: “15”. Me dio risa.
—No, mi amigo… ya son más de 25 años de amistad.
La charla fue tan emotiva para mí que aún no lo podía creer. Solo pensaba: gracias, gracias, amigo.
Cuando empezó a comentarles a los demás quién era yo, me dio una alegría inmensa que por fin alguien dijera quién soy: Mitchell de Vallarta. Me halagó, le agradecí por recordarme, por recordarme quién fui.
Y sin dudar, me contestó:
—No, Mitchell, no eres quien fuiste… eres quien sigues siendo.
Eso me dio fuerzas, esperanza y nuevamente ganas de seguir. Porque he minimizado lo que he logrado. Me lo quitaron, sí, pero sigo siendo yo.
No estoy solo.
Gracias a mis tres nuevos amigos y, por supuesto, a Juan Manuel Estrada. Gracias por no olvidarme… porque yo ya estaba a punto de olvidarme a mí mismo.
Nadie tiene el derecho de tocarte sobajarte o hacerte sentir menos vales mucho.
ATTE: LA MITCHELL
CASA DE LAS MUÑECAS CDMEX
CASA HOGAR PAOLA BUEN ROSTRO.
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