Yo siempre he creído que existe alguien para ti, para mí, para cada uno en esta vida. En algún lugar… destinado, ¡ tal vez.! O serán oportunidades que tuve.
Claro, como todos. conocí Hombres increíbles, maravillosos, y otros no tan maravillosos —hay que ser sinceros.
Y no, no te diré quién era bueno o malo en la cama… eso no viene al caso.
Siempre tuve esa gran incertidumbre:
¿Dónde estará? ¿Con quién estará?
¿O simplemente soy yo el que está en el lugar equivocado, con la persona equivocada, en el tiempo equivocado?
Y si piensas que soy cursi… lo admito, lo soy. Mucho.
Porque lo conocí, lo encontré, me enamoré… y lo perdí.
No es un guion de telenovela, pero sí pasan cosas maravillosas.
Y esta vez, me tocó a mí.
Te cuento, va.
No te mentiré: fiel lo fui.
Infiel… me orillaron.
Yo ya tenía una relación seria, formal y muy tóxica de tres años.
El italiano. De Mantua, cerca de Verona.
Al principio funcionó para ambos. Bueno… pasando los dos primeros años, funcionó solo para él.
El trato se volvió tedioso para mí, y las infidelidades de su parte empezaron a fluir.
De ser pareja, pasamos a ser simples roommates.
Supongo que algunos me entenderán:
estar y no estar, cenar juntos pero separados, cada uno mirando hacia otro escenario.
Es difícil, la verdad.
Llegaron las vísperas de Navidad.
Todo Vallarta se llena de luces, adornos, fiestas, risas, emociones que no te imaginas.
Ver a otros admirar mis creaciones, mis decoraciones, me fascina. Me hace feliz.
Recuerda que también soy decorador, y me tocaba adornar muchos lugares de la Zona Romántica (el área gay), incluido el hotel donde trabajaba.
La Navidad no es una fecha fácil para mí, por algo que me pasó en la infancia.
Pero ver la emoción de los demás… se contagia.
La nochebuena me tocó trabajar turno B, el vespertino.
En el hotel también estaban preparando un brindis para todo el staff del Abbey, Torre de Oro.
Mi jefe en ese entonces, el señor KAR, alemán, invitó a un compatriota —o como decimos nosotros, un paisano— al cóctel.
Yo llegué apurado, porque el hotel estaba al 100% de ocupación.
No tenía mucho tiempo para convivir con el staff, que ya era mi familia, pero me daba mis escapadas para brindar con ellos.
En una de esas vueltas… me percaté de algo.
Vi un arroz en el frijol. Literal.
En eso mi jefe me llama para presentarme a su paisano:
—Mitchell, te presento a Christian K., de Alemania. Vive en Windhoek, capital de Namibia, Sudáfrica.
No manches, güey.
1.98 de estatura.
Ojos azules cabrón.
Guapo de lo que le sigue.
De mi edad.
No supe qué hacer. Me intimidó.
Se me doblaron las rodillas, Chucky. Me intimidó.
(Normalmente yo los intimido, chukys… jajaja).
Corrí a la oficina. Literal corrí.
Quedé como un torpe.
Y ahí empezó todo.
Se la pasaba en recepción conmigo todo el día.
Empecé a verlo de una forma que no comprendía, que no entendía.
Y recuerda que en mi casa estaba el italiano.
Yo le conté a Christian lo fracturada que estaba mi relación.
Feliz no estaba.
Christian me llenaba.
Llegaba a casa y el italiano solo me peleaba.
Y yo pensando nada más en el alemán. (cuanto lo amaba.)
Así pasaron los días.
Llegó Año Nuevo.
El Hotel Los Arcos cierra la calle con luces y sonido; ahí está la verdadera fiesta, en la calle.
Yo esperaba a Christian… y no llegaba.
Mi turno terminó y el italiano solo se la pasaba llamándome y llamándome.
Yo nervioso, no por miedo, sino por no querer una escena.
Terminaba a las 11 mi turno en el hotel. pero ya eran las 3 de la madrugada del Año Nuevo.
Salí del hotel decepcionado, triste.
Christian no había llegado.
Y su check-out era ese mismo día.
Caminando por la calle Olas Altas lo vi, en la acera de enfrente.
No iba solo.
Iba con una pareja gay que yo sabía perfectamente que hacían tríos.
Me detuve. Lo miré.
Él se cruzó, me saludó, y yo solo le dije:
—No sé qué pensar. Tú ya te vas. ¿Qué necesidad? El que se queda llorando soy yo. Mejor nos despedimos. Te deseo lo mejor. Buen viaje. Adiós, Christian.
Me di la vuelta y seguí caminando.
No manches… empecé a llorar entre toda esa multitud en aquella calle en Año Nuevo.
Pensando:
“No te hagas pendejo, Mitchell. El italiano vive contigo. El alemán se va. Se va”.
Y entonces escuché mi nombre entre la multitud.
Giré.
Lo vi corriendo.
Imposible no verlo, el cabrón mide casi dos metros chikys.
Cuando llegó frente a mí, me miró, me sujeto de mis brazos, me levantó y me besó.
Güey… en medio de toda esa gente.
Y me dijo:
—Te quiero a ti. Te amo a ti.
Y ya.
Nada más importó.
Lo encontré.
Me encontró.
En el lugar adecuado, en el tiempo perfecto, a la hora que nos tocaba.
A la mañana siguiente se marchó.
Y durante todo ese mes me llamó.
Me llevó a Sudáfrica.
Un año de puro amor, cariño y comprensión. (ninguna pelea se dio.)
Y no me importó dejar todo cuando él me llevó.
Luego te contaré cómo fue que me llevó, cómo fue que tuve que regresar…
y cómo lo perdí.
Porque me duele mucho cómo lo perdí.
No fue por falta de amor, ni de comprensión, ni siquiera por la distancia.
Fue porque falleció.
Y lo extraño muchísimo, bien cabrón chikys, no tienes una idea.
(en mi caso todavía le lloro. todavía le extraño y no lo olvido. ya nos toparemos de nuevo mi cielo aguántame). ya nos tocara.
Danke, mein Schatz. Ich liebe dich. traducción- Gracias mi cielo. te amo.
Nadie tiene el derecho de tocarte sobajarte o hacerte sentir menos vales mucho chikys.
ATTE: LA MITCHELL
CASA DE LAS MUÑECAS CDMEX.



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