El tener un plan es claro para seguir, pero la realidad de las cosas es que no tengo uno. Ya casi cumplo un año desde que salí de donde estaba en contra de mi voluntad.
Es una realidad mirar hacia atrás y simplemente dar un vistazo a lo que dejé, o más bien, a lo que me quitaron.
¿Es justo? ¡No lo creo!
¡Ahí caray! Pensar en cuánto me esforcé, cuánto me dediqué, cuánto me desvelé para poder tener algo en mi futuro… pero el futuro llegó antes y, sin más, me atoró en un lugar frío, triste, desolador, deprimente, que quieren maquillar con el nombre de anexo.
No sean ilusos: fue secuestro.
Dar 10 años de mi vida encerrado en un lugar que llamaban anexo. Ahí no viví; sobreviví, esa es la palabra para describirlo. Reconozco que ya pasó el tiempo, que no puedo dar vuelta atrás, que el “hubiera” no existe. Ya no reconozco lo que llamaba hogar. No sé de dónde vengo ni a dónde voy; solo sé que el ciclo de la vida sigue. No estoy nada contento con la situación…
¿Molesto? Sí.
¿Desilusionado? Más.
Tratar de dar una sonrisa cada día. No poder buscar a mis amigos. No contar con familia. Tratar y no actuar. Necesito ayuda, sí, claro, para poder tener un lugar seguro, mi espacio personal. No tener que preocuparme por lo poco que me queda, por si me lo pueden hurtar.
Estoy agradecido, sí, por estar en casa de las muñecas, claro. Pero ¿sabes lo que es estar por más de 10 años en cuartos con más de 80 hombres, anexados?
No es nada grato.
Y seguir en sus juntas y juntas… y no juntas nada.
Nada más rencor, eso es lo único.
Ya te contaré de lo que pasa en estos lugares, y no es nada grato.
Mirar pasar los días y seguir en la misma situación. Solo le pido a Santa María, madre mía, no me desampares ni de noche ni de día, que soy tu hijo y te necesito todavía mamita María..


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