Mi espera en el aeropuerto de Ciudad de México para transbordar con destino a Toronto, Canadá, se me hizo una eternidad. Al esperar mi salida, me percaté de que, a mi alrededor, en la sala de espera, no estaba sola. Trescientos campesinos abordarían junto conmigo. Mientras mi viaje sería de placer, el de ellos sería un viaje de trabajo. Te explico:
Se contrata personal mexicano para la pisa de la fresa en Canadá por jornadas de tres meses, con beneficios de viáticos pagados, alimentos, hospedaje y sueldo íntegro. Todo súper bien, la verdad. O así lo puedes pensar: qué gran oportunidad. Lo único que no les comentaron ni informaron fue que la persona encargada de su traslado era una mujer desagradable, racista, grosera, white garbage.
Esta mujer, responsable de todos ellos, los maltrataba, insultaba y los llamaba con nombres y apodos racistas, además de intimidarlos. Yo, impresionado, sin creer lo que miraba y escuchaba, me quedaba atónito. Molesto, la verdad.
Así mismo, ya en el vuelo, mientras transcurría el viaje, los campesinos me pedían apoyo para auxiliarlos con las formas de inmigración, pues no sabían leer ni escribir. Ocupé mi tiempo del vuelo en ayudarlos.
Al llegar a nuestro destino, Toronto, Canadá, en el área de equipaje, me despedí de ellos deseándoles buena suerte. Al alejarme unos 15 metros, aquella mujer comenzó a alzar la voz, gritando y utilizando palabras altisonantes. Al principio no comprendía a quién se dirigía. Al girar mi rostro, la miré y pregunté:
—¿Perdón, a quién le hablas?
—A ti. No te hagas pende#%& y regresa.
Respiré profundo, levanté mi rostro hacia el cielo y dije en voz alta: Gracias, Dios.
Me dirigí hacia ella. Con rapidez solté mi equipaje y simplemente le escupí al rostro diciéndole: Qué asco me das. Eres el ser más despreciable que he conocido en mi vida. ¿Cómo te atreves a tratar así a tu pueblo, a tu gente? Porque te escucho y eres mexicana igual que ellos, igual que yo. Terminé de ajustar cuentas con ella y miré a los muchachos de la pisca, pidiéndoles perdón por el incidente y por las molestias de la escena que realicé en la sala de equipaje del aeropuerto de Toronto. Les deseé mucha suerte y bendiciones. Ellos, con discreción, me dieron las gracias y otros levantaron el dedo meñique hacia arriba.
Somos latinos, campesinos, empleados, la profesión que sea, pero nadie tiene el derecho de tocarte, sobajarte, humillarte o hacerte sentir menos. Vales mucho.
(En mi caso, ya me cansé de que traten de humillarme. ¿Y tú?)
ATTE: LA MITCHELL
CASA HOGAR PAOLA BUENROSTRO
CASA MUÑECAS CDMX

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