¡Ahí wey!
En un tiempo de mi vida, viviendo en Puerto Vallarta, no contaba con ningún equipo de cómputo, así que me la pasaba en los cyber cafés: revisando, checando, mandando emails. Un día me llegó uno muy peculiar, de una cuenta que no reconocía. Al abrirlo, me percaté de que se trataba de un boleto de avión:
Salida: Puerto Vallarta – CDMX – CDMX – Toronto, Canadá.
La fecha era en cinco días más.
Creyendo que podía ser alguna broma, le pedí a un amigo que lo revisara para confirmar su validez. Sin más titubeos lo imprimió, se levantó y, sin preámbulo, me dijo:
—Levántate y vámonos.
—¿A dónde? —respondí.
—Al aeropuerto, ¿o tienes algo más importante que hacer?
—No, vámonos.
Al llegar al aeropuerto de Puerto Vallarta fui directo al módulo de check-in. Mostré mi identificación y, de inmediato, la persona del mostrador me imprimió mi boleto físico. No lo creía, pero era una realidad: ¡iría a Toronto, Canadá! Qué emoción. Ya de regreso en mi departamento, feliz, contento, extasiado, haciendo planes, mi amigo me lanzó una pequeña pregunta que, la verdad, no había contemplado en lo más mínimo:
—Mitch, ¿quién es el que te invitó?
¡Ahí wey! Me quedé anonadado, con cara de “¿Qué…?”, y solo pude responder:
—¡No sé!
Ya planeando, maleta en mano… ¡y yo sin saber quién era él!
Solo intenté preguntar muy sutilmente, pero seguía igual: sin saber.
Llegó el día del viaje. En el transcurso pensé: ¿Cómo será? ¿Cómo lo reconoceré? Me preocupaba.
¡YA SÉ!
Me haré el distraído, caminaré por la sala de espera, por la rampa de equipaje, y el que me grite o diga mi nombre… ¡ese es!
Ya en la sala de espera para el check-out, estuve como media hora ahí; se me hizo eterna. La desesperación al máximo. Ya preocupado, escuché mi nombre. ¡WOW! Solté un suspiro de alivio, no tienen idea.
Me abrazó, me besó, y yo lo miré pensando:
¿Quién eres tú?
Recogió mi equipaje y me llevó al área de estacionamiento. Al llegar a su vehículo, vi su camioneta Lincoln del año, negra, interiores de piel.
Pensé: “Vamos bien.”
Al abrir la camioneta, sacó una canasta de bienvenida enorme: vino blanco, fresas con chocolate, champagne, quesos, carnes frías.
Pensé: “Vamos bien.”
En el trayecto del aeropuerto a su casa, por Toronto, quedé fascinado. Todo era increíble; me emocionaba.
Pensé: “Vamos bien.”
Al llegar a nuestro destino, nos detuvimos en un restaurante muy grande y elegante. Creí que cenaríamos ahí, pero no: ¡era su empresa! Él es chef internacional, y ese era uno de sus negocios. Su casa era todo el segundo piso del restaurante, llamado The Corner House.
Pensé: “Vamos bien.”
Ya instalado en su casa, fui a su habitación, abrí la ventana de pestaña y miré el vecindario. Me di cuenta de que justo enfrente estaba la estación de bomberos… ¡y ellos sin camisa, wow!, lavando las unidades de rescate.
Pensé: “Vamos bien.”
Pasó más de una semana… y yo todavía no sabía quién era él.
En una de nuestras salidas, me pregunta cómo estaría mi hermana.
—¿Cuál hermana?
—La que es juez.
El asombro fue inmediato.
—¿Cómo sabes de mi hermana?
—Me la presentaste en el malecón de Puerto Vallarta.
Y sin más… mi rostro se llenó de una sonrisa enorme. Solté un suspiro, lo abracé, le di un beso y se me salió:
¡YA SÉ QUIÉN ERES TÚ!
Li, eres un hombre increíble y maravilloso, pero no funcionó por el simple hecho de que no me informaste que tenías esposa y dos hijos.
(Porque, de mi parte, al enterarme, supe que no estabas separado, sino dándote “un tiempo”.)
Nadie tiene derecho a tocarte, sobajarte o hacerte sentir menos.
Tú vales mucho.
ATTE. LA MITCHELL
CSA HOJAR PAOLA BUENROSTRO
CASA MUÑECAS CDMX

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