Soy yo. Mitchell
No sé cómo comentarlo, cómo explicártelo.
Me juzgarás para bien o para mal, pero de todas formas lo harás.
Nunca me he considerado guapo ni atractivo; simpático sí. He modelado, ya sabes, me conoces: la pasarela, la foto de revista, en fin… incluso en Puerto Vallarta, Jalisco. Tenía mi fama. Llamaba la atención. Te cuento algo de tiempo atrás, ¡va!
El tiempo que viví en Vallarta #500, entre El Pitillal y Las Moras, renté un apartamento: un quinto piso, cómodo, lindo, amplio. En esa temporada me tomé unas semanas de tiempo libre, que terminaron volviéndose tediosas y aburridas. La comunidad LGBT me quedaba bastante retirada, así que me la pasaba en la computadora. Aclarando que en ese tiempo estaba de moda una aplicación de encuentros.
Uno se la pasaba checando correos, mensajes, emails… para ligar, conocer, tener encuentros.
Esa tarde en especial me llegó un correo por la aplicación. No me dio muchas explicaciones, así que empezamos a chatear, claramente sin conocernos. Lo que sí me dejó muy claro fue que tenía toda la intención de tener un encuentro conmigo, en mi apartamento.
Después de un rato chateando me convenció. Accedí y le pasé mi ubicación (dirección). Pusimos hora. Me despedí con un “te espero a las 2:00 pm”.
Sin más, me puse a limpiar el apartamento y me di una ducha. Ya apurado porque faltaban minutos para las dos, me instalé en la ventana, mirando a cada hombre que pasaba frente al edificio, tratando de adivinar de quién se trataba. Pensando: ¿Cómo será?, ¿le gustaré? Ya sabes… no me mandó foto alguna.
Se hicieron las 2:45 y nada. Me desesperé y me fui a mi habitación. En eso tocaron a la puerta. Me levanté con rapidez, me paré frente a ella y miré por la mirilla… no vi a nadie. “Caray, -¿Quién habrá tocado?”. -Giré para regresar a mi habitación y volvieron a tocar.
Esta vez no miré por la mirilla. Abrí la puerta… y sí, ahí estaba. Parado frente a mí. Me miró de arriba abajo y suspiró con una gran tristeza, con desilusión, y me dijo:
¡No, ¿verdad?!
Lo miré. Analicé la situación. No fue porque llegara tarde. Lo miré otra vez. Me asomé por las escaleras de mi quinto piso hacia abajo. La verdad. para él fue un gran esfuerzo llegar hasta ahí. Suspire, miré hacia arriba y simplemente le abrí la puerta, extendiendo la invitación a que pasara.
Por sentido común y lógica, ya sabes lo que pasó.
La persona que invité a pasar usaba un zapato ortopédico, con una suela de aproximadamente 30 cm de altura en un pie; tenía joroba y una deformidad en la mitad de su rostro.
En el momento en que me miró… cómo me miró… me dio tanta tristeza que no pude decirle que no. Sea guapo o feo, no tengo el derecho de hacer sentir mal o lastimar a nadie.
P.D.
Lo que sé es que a él le regalé un día que recordará toda su vida, y a mí me regaló una enseñanza de vida.
En mi caso, he tenido desaires, me han lastimado… pero ¿Quién soy yo para hacer lo mismo?
Sirve, ama y da, pero nunca digas que eres más que los demás.
Nadie tiene el derecho de tocarte, humillarte o hacerte sentir menos.
Vales mucho.
ATT: LA MITCHELL
CASA HOGAR PAOLABUEN ROSTRO
CASA MUÑECAS. CDMX


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